As Fragas do Eume, este último verano en el paraíso

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El viento mecía las ramas de los árboles y las hojas tocaban una canción hermosa y desesperada. Cada árbol, piedra, arroyo, musgo, helecho, liquen, ave, mamífero, anfibio, insecto… tienen un papel en este valioso ecosistema, de modo que todos encajan a la perfección en un engranaje inmenso, robusto y… frágil.

As Fragas do Eume, el bosque atlántico mejor conservado de Europa, se extiende a lo largo de un profundo valle de abruptas laderas a ambos lados del río Eume, al norte de la provincia de A Coruña, en Galicia.

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Es un paraíso silencioso y húmedo, oscuro en las zonas más profundas, pero al mismo tiempo luminoso e inmensamente mágico.

En el año menos lluvioso en mi tierra desde que se recogen registros meteorológicos, este bosque de alma atlántica tampoco ha podido escapar a los efectos de la sequía. La mayor parte de los arroyos se han secado y su olor a humedad, tan característico, casi ha desaparecido por completo.

Este verano lo visité varias veces. Estaba especialmente silencioso y seco. Me preocupó. Quizás es cierto que el mundo está cambiando y temo que, cuando queramos reaccionar, ya sea demasiado tarde.

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Uno de esos días me detuve en el sendero que sube por una ladera donde viven varios castaños centenarios, algunos desmoronados parcialmente por el paso del tiempo y los estragos del gran incendio del 2012, y miré a mi alrededor. Allí estaba Meu Avó ( Mi Abuelo ) resistiendo, a escasos metros de Meu Vello ( Mi Viejo ), como un gran gigante dormido. Me gusta ponerles nombre ♥

Las hojas de los árboles tamizaban suavemente la luz, y el viento había cesado por completo. Escuché el latido del bosque y respiré con él, lo abracé. La vida era aquel instante, no existía nada más.  Ese era mi lugar en el mundo, el lugar en el que quería vivir para siempre.

Mantuve los ojos cerrados durante un tiempo y, al abrirlos de nuevo, comencé a descubrir pequeños tesoros. Era el mismo lugar, pero nuevo y diferente. Pequeños detalles aquí y allá, casi imperceptibles pero preciosos, como las bayas del Hypericum androsaemum, que destacaban por su forma y colorido en las zonas más sombrías de la fraga.

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Estos pequeños frutos ovalados y venenosos primero son verdes, y después se tornan rojos y negros al madurar.

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También visité en varias ocasiones el precioso bosquecillo de abedules de la zona conocida como “Parque Etnográfico del Río Sesín”, en una de las partes altas del Parque Natural, en A Capela. Un museo al aire libre con molinos y ejemplos de cómo el hombre aprovechó durante siglos el medio natural. Allí está mi puente de las hadas, que me encantaría mostraros algún día.

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Y un Dryopteris affinis, una de las muchas especies de helechos que viven en As Fragas, me obsequió con este precioso despertar. ¡Qué tendrán las espirales, que me gustan tanto!

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Además descubrí varios insectos descansando sobre las diminutas flores blancas de un ejemplar de Oenanthe crocata L. en un sendero cercano al río. Y unas preciosas flores azules con aspecto de pomponcito suave y jugoso, cuyo nombre desconozco.

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Y después del silencioso y curativo abrazo del bosque, solía terminar aquellos días en la cercana playa de A Magdalena, en Cabanas, agradeciendo a la vida aquel maravilloso regalo.

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Abrazad los bosques y desead la lluvia, el elixir que los alimenta. Porque los bosques son vida… ¡Feliz día! ♥

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© Estefanía Domínguez Cagigao

Agradecimientos:
A Manuel López, por su ayuda en la realización de varias instantáneas.

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